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FAUNA PLACERA agosto 4, 2008

Posted by Revista Vamos in Cultura, Lugares.
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Mirá dos veces, te vas a reír. El centro del centro de esta ciudad de escaparates y cunetas, el justo medio en este círculo de tiro al blanco que es la ciudad de los anillos, el corazón de esta urbe custodiado por la estatua de Ignacio Warnes (y el recuerdo del panal de abejas que alguna vez hubo en su entrepierna), es atravesado a diario por una fauna de seres que si uno mira bien, escapan a su condición de humanos (el humano en una ciudad como esta se transforma en otra cosa)

Texto: Darwin Pinto

Fotografía: Andrés Unterladstaetter

Porque ya se han transformado en esa nueva especie que son los animales de ciudad (Ronaldo Vaca-Pereira vio eso antes que yo). Si me lo preguntan, clasificaría a esa especie con técnicas entomológicas, o sea, como a bichitos que hacen lo que tienen que hacer dentro de esta sociedad-hormiguero cuya abeja reina es la tarjeta de crédito. Y no está mal.

La plaza 24 de Septiembre es el epicentro de la vida en este hormiguero que ya no sólo crece a lo ancho sino también a lo alto, y como todo es cuestión de jerarquías en la vida, allí, el ombligo de la ciudad, el corazón-riñón-hígado de la urbe cruceña están los órganos vitales de esta sociedad.

A saber, está la catedral y su museo y su torre y sus dolorosos mendigos que tienen la cualidad de volverse invisibles ante nuestros ojos; también están sus ayoreos armados de flechas de juguete y su actitud de triunfadores. Está la Alcaldía, en la que algunos se matan de risa y otros dejan caras amargas por las hazañas de un alcalde que hace tiempo debió empezar a ganar plata con algún show de humor en Tv, pero que se quedó porque en la Alcaldía debe ganar más plata. Está el Irish Pub con su magnífica lazaña de carne y su pacífico ‘pisco sour’ que hace que Chile y Perú se sigan disputando la paternidad sobre ese rico trago. Está el rectorado universitario con sus heridas de la dictadura de Banzer y su triste aire setentero; está la Brigada Parlamentaria Cruceña que ha adquirido algo de fama porque por primera vez a los cruceños nos empieza a interesar la política. Y para complementar ese ramillete de edificios de poder, está puej el Club Social 24 de Septiembre, o sea, la crema y nata de este campanario que desde hace mucho tiempo les perteneció a los ancianos que ahora se reúnen allí a jugar cartas.

La plaza también es un sitio de encuentros. Fue y es testigo de miles de citas que terminan en tertulias deliciosas (preguntales a los veteranos de la vida que se sientan en pequeñas pandillas de cabezas blancas o calvas a recordar los años en los que estacionaban sus caballos obstruyendo las calles de tierra y arrasaban con las mujeres en los buris del Caballito con la banda ‘Pan de arró’ a todo volumen). Ahí se dan citas que terminan en reuniones serias, en otras más o menos serias, o en fiestas en otro sitio, o que terminan en sesiones de sábanas mojadas en algún cuartito solidario a las necesidades del amor (me lo contó un amigo).

LAS CUATRO ESQUINAS DEL ANILLO

Si entrás por la calle Ayacucho te vas a topar con artesanías hippies, algún dibujante con más hambre que talento, mendigos andinos con ramos de hijos, helados multicolores, hamburguesas musculosas y el escándalo sonoro de autos y micros pateándose a bocinazos delante de los que tenemos que correr por nuestras vidas. En esa calle, como en varios puntos de la ciudad, los vehículos tienen rabia.

Al llegar a la esquina de la plaza (la del Club Social) están los vendedores de revistas y los vendedores de discos piratas que son un dolor de muelas para la industria nacional, pero una bendición para los que no tenemos mucha plata.

Si entrás por la calle del correo (Junín), además del magnífico Victory y sus empanadas de queso con café a las cinco de la tarde, está el ‘chic’ Alexander, el Museo de Historia (¿habrán fantasmas ahí?), el rectorado y su pared, en la que se pegan afiches en los que uno se entera de los conciertos que se vienen. Pero lo mejor de todo en esa esquina son los kiosquitos maravillosos que venden periódicos, revistas, tarjetas de celular, cigarrillos, chocolates y dicen que también condones (me contó el mismo amigo). Por esa misma esquina están de día los cambistas del musculoso euro y el sarnoso dólar; y en las noches, ahí se acomoda un grupito de homosexuales demasiado diligentes. La esquina más aburrida de la plaza es la de la Alcaldía (pese a que adentro está pues el supercomediante Chespirito, digo, Percycito). Esa es la esquina del semáforo más quilombero de la zona, aunque (hay un tipo que vende un supremo refresco de tamarindo) mantiene el privilegio de ser la única de la ciudad donde aún trabajan los intrépidos chalequeros, siempre dispuestos a mantenerte dentro de las rieles de la globalización con su telefonito celular prendido a la ropa con una cadena. A veces en las noches hasta ahí llegan putas y maricones que usualmente están dos cuadras más allá sobre la 24 de Septiembre.

La esquina más democrática del corazón citadino es la de las calles René Moreno y Sucre. En los magníficos boliches de la zona dan un servicio de primer nivel para ávidos extranjeros y displicentes locales, mientras que cruzando la calle, sobre la acera de la catedral están los ayoreos a los que alguien les ha metido en la cabeza que el transeúnte tiene la culpa de que sean pobres, y también están los indigentes mutilados que suelen estar en la entrada de la basílica. ¿Y si el Vaticano diera un poquito de su oro para costearles una comidita una vez al día a esas pobres y desamparadas almas? En fin.

PEQUEÑO MANUAL PARA ENTENDER A UNA BANCA

Entonces ya que llegaste a la plaza (libre de caca de palomas), subís la acera y te podés topar con la tamborita tradicional y autónoma en la que un tipo saca unos ‘solos’ de hoja de mandarino que dan ganas de chuparse los dedos. Si te sentás en una banca, vas a poder ver a toda una fauna de animales de ciudad. Están los locos amables, las palomas y su bombardeo orgánico y mínimo, están los que juegan ajedrez, o los que usan los mesones del ajedrez para retocarse el maquillaje o comerse un pollo en un platito de plástico. Si optás por no mirar nada de lo que pasa alrededor y te la das de intelectual leyendo un libro, se te puede acercar hasta la banca un tipo que te cuenta su historia. Resulta que este muchacho te dice que es un buen chico, pero que lo asaltaron y que ahora pide plata y ahorra para volverse a Buenos Aires, para estudiar y cuidar a su pobre madre enferma. No le creés, pero querés que se vaya: Tomá cinco pesos, andate…

Te volvés a sumir en la lectura cuando un intrépido lustrabotas (¿por qué les dicen así?, creo que ya nadie usa botas) te dice que te lustra los zapatos, y vos te haces el ‘penga’ y le decís que no, pero el muchachito insiste que tus zapatos son una mugre y te siembra la duda. Si te das el lujo de hacerte el intelectual ¿como vas a permitir tener los zapatos una mugre?: Entonces dale chico, que queden brillantes…

Convencido de que la pose de lector atrae estafadores, dejás el libro y empezás a mirar la plaza de nuevo. Delante de la banca bendita por una sombra ancestral, empiezan a pasar mujeres. Las hay preciosas que se exhiben en paz para algarabía del buen gusto; las hay las que no lo son tanto pero tienen lo suyo y las hay aquellas que ni siquiera son mujeres.

Entonces aparece un cafecero uniformado de blanco con el líquido necesario para regar reflexiones. Y sí, el café subió por la inflación jefe. ¿Y qué es la inflación maestro? La verdad no lo sé pero también subió el azúcar.

Venga, dame un café inflacionado por la crisis. Y al ratito pasa un refresquero esperanzado en que quiero seguir tomando líquidos, pero lo defraudo olímpicamente y miro para otra parte y veo a un tipo ofreciendo a un gringo divertido un “porro turístico” de esos que de una pitada te hace saltar de abajo hacia arriba la mismísima cascada Caparuch, de esos que te hace sentir que podés hablar el idioma de los santos petrificados de las misiones de Chiquitos, todo esto siempre según mi amigo que dice saberlo todo de la Plaza.

Y desde la anatomía de la banca, veo aparecer a la fauna de los que pirañean hombres y mujeres, los que esperan a los amigos para irse a otra parte, los que esperan para ir a una exposición de fotos y se quedan esperando nomás, las familias felices que se dan un respiro del cemento, del humo y del metal que dominan la ciudad; los vendedores de manzana que endulzan el día, los vendedores de globos que hipnotizan a los niños, los colegiales, los que salen de sus empleos, los desempleados, los felices, los deprimidos, las ancianas que van a la catedral a pedir por sus almas y las muchachas que las acompañan sólo para ver quién está en la plaza. Me levanto, impune paso junto a la estatua de Warnes, estoy por pasar por la catedral (donde unos adolescentes se sacan fotos con un celular), listo para cruzar la calle y salir del centro de esta telaraña cuando una paloma me caga en el hombro. ¡Que la parió!

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