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NO SON CHARLAS DE PELUQUERO mayo 20, 2009

Posted by Revista Vamos in Cultura, curiosidades, Lugares.
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Así son los cortes que muchos hombres consiguen en el asiento de una peluquería tradicional: con mucho amor. Porque los peluqueros que las atienden han puesto su vida y su corazón en ese oficio que, ahí, parece se ha quedado en el tiempo. No por nada la mayoría de los clientes pide un corte clásico

Texto: Nicole Nostas

Fotos: Andrés Unterladstaetter

En una ciudad como la nuestra, donde abundan los salones de belleza y centros de estética de primer nivel, donde las tendencias internacionales marcan el paso y los estilistas han hecho de las suyas, aún se mantienen arraigadas a nuestras costumbres las peluquerías tradicionales para hombres, esas en donde se huele a alcohol quemado y cuya decoración no va más allá de afiches con la foto del cantante Luis Miguel y su famoso (e imitado) corte de cabello. Es que hay que decirlo: en estos lugares no te lavan el pelo antes de hacer el corte, tienen los mismos asientos desde hace mucho y esterilizan sus instrumentos con fuego. Con tantas opciones, ¿por qué se mantienen vigentes? La respuesta es sencilla: porque tienen historia y corazón.

Estos lugares tienen precios inferiores a los de los otros salones y son expertos en realizar el corte clásico, con tijera o mascota. ¿Y el ‘firpo’? Preguntamos. “Ya pasó de moda” fue la respuesta inmediata. En los asientos se ve de todo un poco: hombres elegantes, meticulosos y exigentes, emos, punks, roqueros y niños piojentos.

Por lo general estas peluquerías llevan muchos años en el mercado y tienen una clientela fija que los visita al menos una vez por semana ya sea para mantener el corte, afeitarse o simplemente para conversar con los peluqueros, quienes están siempre enterados de las últimas novedades en todos los ámbitos.

“Son charlas de peluquero” reza un dicho popular para referirse a una historia exagerada, inventada o mal contada, pero en esta oportunidad lo que nos comentaron estas cinco personas no son charlas, son historias de vida: sus inicios, sus expectativas, experiencias y tragos amargos por los que han tenido que pasar por haber tomado la decisión de ser peluqueros para toda la vida.

Agapito Medina

Agapito Medina heredó el oficio de su padre, uno de los peluqueros más reconocidos de la Santa Cruz de antaño. En 1961, dos años antes de graduarse, Agapito aprendió a cortar el cabello y empezó a ganar su propio dinero. En 1977, tras la muerte de su papá, asumió el mando del negocio familiar. Actualmente es el dueño y el único peluquero de ‘Medina’, porque según sus propias palabras no existen clientes para contratar a alguien más. Además este hombre ya tiene a sus clientes fieles que van y le confían su corte de cabello por veinticinco bolivianos. Agapito es especialista en el corte ‘bajito’ o clásico como se le denomina, aunque dice que si un cliente quiere algo moderno y se lo dibuja o le muestra un recorte de revista él puede sacarlo a la perfección.

Respecto a su éxito, cree que se debe al trato que les brinda a sus clientes. “Los hago reír, les cuento cosas e incluso les miento… en realidad nos mentimos mutuamente” comenta entre risas este hombre, que con sus cincuenta años de experiencia sabe que el oficio es duro porque no existen domingos ni feriados y debe estar siempre pendiente de su peluquería. A pesar de eso comenta que aún le quedan cinco años más como peluquero y agradece a sus clientes porque como él mismo dice, son quienes le dan vida. Como anécdota comenta que una vez le cortó la nariz a un hombre que le movió la mano por matar una mosca, “menos mal que yo siempre tengo crema cicatrizante” puntualiza.

Roberto Pérez

Roberto tenía trece años cuando por iniciativa propia aprendió el oficio de peluquero. A sus sesenta años es el propietario de ‘El caballero elegante’ una de las peluquerías tradicionales más visitadas de la ciudad y atiende a quince personas por día, quienes deben hacer cita previamente para poder ser atendidos.

Asegura nunca haber ‘tusado’ a alguien y que hace el trabajo lo mejor que puede para asegurarse a su clientela, que ha sabido mantenerse leal a lo largo de los años. “Tengo cinco generaciones de las familias Urenda y Laguna Paniagua como mis clientes, y todo porque llevo cuarenta y siete años como peluquero” indica este padre de cuatro jóvenes y hombre dedicado cien por ciento a su oficio.

Silvia Arredondo

‘El Tiluchi’ es un negocio familiar dedicado a los cortes de cabello masculinos. Silvia, propietaria y peluquera se dedica al oficio hace dieciocho años. “Aprendí a cortar cabello de mujeres, pero decidí trabajar con hombres porque son menos complicados y más fáciles de manejar, aunque también son exigentes” confiesa.

Silvia dice que el negocio es rentable e incluso tiene planes de ampliación e implementación de servicios como teñido, manicure y pedicure, “porque los hombres cruceños son vanidosos” dice.

Lo que más le gusta de su trabajo es la atención al público, la relación constante con personas de todo nivel social, pero le molesta lo agotador que puede ser este trabajo y la competencia y los celos que se da a nivel de peluqueros, no así de peluquerías.

Como anécdota comenta que los hombres suelen creer que las mujeres no pueden hacer cortes varoniles, siendo que ‘las mujeres tenemos más gusto que los hombres’, según sus propias palabras.

Máximo Vargas

Desde 1967 Máximo Vargas se desempeña como peluquero y desde hace ocho años forma parte del staff de la peluquería Arizona. Su experiencia le ha enseñado que los hombres no son vanidosos, pero les gusta estar siempre presentables, especialmente con el cabello corto. Admite que aprender las técnicas de los cortes modernos le costó y tuvo que prestar mucha atención, pero que es precisamente por eso que existen los estilistas: para imponer la moda y crear esos cortes diferentes. Él, como todos los peluqueros tradicionales, quema sus tijeras para esterilizarlas y considera que es una práctica imprescindible en su trabajo. “Los mismos clientes lo exigen” cuenta.

Este tarijeño confiesa que nació con el talento y el gusto por las tijeras y que le gustaría tener un hijo que le siga los pasos.

Humberto Ibáñez

Humberto lleva doce años como peluquero y trabaja en la peluquería Tokio, desde que llegó a Santa Cruz de la Sierra de su natal Potosí hace seis años, donde fue a estudiar Ingeniería Civil. Su padre falleció y su situación económica se vio en serios problemas, por lo que tuvo que buscar un trabajo que lo ayude a pagar sus cuentas. Su peluquero necesitaba ayuda y a pesar de no saber nada del oficio se atrevió a postularse para el puesto. Empezó limpiando los espejos, luego se ocupó de barrer el cabello cortado y a los tres meses de trabajo agarró las tijeras y no las dejó ni las cambió hasta el día de hoy. “Me gusta mi trabajo. Lo que más me atrae es la conversación con los clientes y lo más feo es cuando te reclaman y el cliente está descontento, eso puede amargarte” comenta.

Humberto es padre de tres: dos mujeres y un varón, para quienes anhela una vida mejor que la suya, pero admite que si alguno decide seguir sus pasos lo apoyaría, a pesar de que no es ése su deseo.

Entre tijeras

Ubicación

Las peluquerías tradicionales suelen encontrarse en las calles Velasco y Beni en el centro de la ciudad e Isabel La Católica en la zona del mercado Siete Calles. Esto no significa que no haya este tipo de salones en otros puntos de la ciudad.

Precios

Los precios de los cortes de cabello en estas peluquerías oscilan entre Bs. 20 y 30, mientras que el los salones de belleza o ‘hair studio’ como también se los llama, los precios superan los Bs. 50.

Instrumentos

Los peluqueros tradicionales son especialistas en utilizar las tijeras, mascotas, navajas y escobillas para realizar cortes y afeitadas. Respecto a saca cutículas y lima de uñas, ellos prefieren que ese tipo de trabajo lo realicen las mujeres.


Cortes

El corte clásico es el más pedido por los clientes, sin embargo cada peluquería tiene su propia denominación para este estilo: normal, antiguo, romano, militar o estilo Barrientos (por el ex presidente de la República) son algunas de ellas.

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