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CON EL SELLO EJTI noviembre 11, 2009

Posted by Revista Vamos in Arte.
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ejtiEjti Stih es una artista cuyas obras poseen un sello inconfundible. Pero, ¿qué hay detrás de esas pinceladas? ¿Qué piensa la artista sobre su propio trabajo? Descubrilo en esta entrevista

Texto: Nicole Nostas

Fotos: Andrés Unterladstaetter

Puse ‘Ejti Stih’ en un buscador de Internet y aparecieron más de cinco mil artículos relacionados. Me inquietó porque ¿qué de nuevo podría preguntarle a una artista como Ejti que ya tiene treinta y tantos años de trabajo en el mundo artístico? Decidí que las cosas tenían que fluir, así que la llamé y me abrió las puertas de su taller. Carismática, sonriente y con un español lleno de jergas y dichos cambas, esta eslovena me habló de su llegada a Bolivia, de su familia, de sus obras y de la crítica que poco (o nada) la inquieta.

“Su biografía está en muchos libros y en Internet, así que no vamos a hablar de eso” le dije y fue así como empezó esta entrevista.

¿Cómo llegó a Bolivia, a Santa Cruz?

Ya había terminado mis estudios en Eslovenia y me iba bien allá, estaba todo ‘suave’. Después me fui a Estados Unidos, trabajé en un café en San Francisco y como tenía algo de plata, me acordé de unos amigos bolivianos que estudiaron conmigo en Croacia, así que los llamé y me vine acá de mochilera. Recuerdo que llegué a Santa Cruz un sábado de carnaval ¿te imaginás lo que era eso? (Hace una pausa y ríe). Cuando salí de mi país, todavía era Yugoslavia, un país con distintas costumbres, un país ‘pluri multi’ como es Bolivia, es por eso que cuando llegué me sentí como en casa, porque a pesar de no hablar ni una sílaba en español, me pareció un lugar más familiar y la gente más suelta. Así es cuando uno es joven, te vas por aquí, por allá… mucho apuro no hay.

Hoy por hoy se inauguran exposiciones cada semana, pero cuando usted llegó al país el panorama era totalmente diferente. ¿Fue difícil abrirse campo en el mundo artístico boliviano?

Llegué a Bolivia cuando estaban los militares y las cosas en los ochentas eran duras pero en cuanto llegó la democracia las cosas cambiaron de un día para otro: se abrieron más galerías y las cosas florecieron. En este país nunca me dijeron que no podía exponer, es más, mi primera exposición fue en la Casa de la Cultura para la semana de Yugoslavia.También expuse en la Tapera Jenecherú, un lugar en la que varias personas, entre ellos ‘Lucho’ (Fernández de Córdova) mi compañero y marido, hacían música y exhibían obras. Después intenté exponer en una galería en La Paz y recuerdo que llegué con mi rollito de lienzos bajo el brazo, cosa que hice muchas veces en mi vida, para ver si me daban un espacio para exponer. ¡Por cuantas galerías del mundo he pasado así, tratando de abrirme campo! En esa galería ni miraron mis cuadros y me enviaron directamente a la Casa de la Cultura de La Paz donde finalmente me aceptaron. Creo que Bolivia me tomó como suya por dos motivos: una porque tuve a mi primer hijo (tengo dos) y porque me incluyeron en el libro de Historia Boliviana del SXX, escrito por Pedro Querejazu después de siete años de vivir acá. Después gané premios y las cosas se fueron dando. Me presenté en todos los concursos y eventos, como para que sepan que existo.

Es artista hace 35 años, ¿cómo han evolucionado sus obras en el tiempo en cuanto a técnica y contenido?

Aunque suena terrible cuando uno es artista, soy licenciada con título en grabado, así que supuestamente soy grabadora de profesión, pero eso nunca me apasionó porque soy una persona poco paciente… y a mí me gusta pringarme. Cuando recién llegué me compraba cartulinas negras, las preparaba y las pintaba. Mis primeros años fueron así, no porque me hubiera gustado sino por ‘yesca’. Después probé a hacer collage sobre lienzos y me gustaba, pero cuando empecé a exponer en otros países tuve graves problemas. Una vez le pedí al director del AECI que lleve uno de esos lienzos a España para que sea expuesto, pero en el aeropuerto de San Pablo querían romperlo porque pensaban que tenía cocaína dentro. Fue tanto el drama que lo corté por lo sano y dije: ‘aquí no se puede rellenar nada porque uno queda como sospechoso’, así que fue por eso que me dediqué al acrílico, porque es enrollable y práctico, ideal para trasladarlo por el mundo.  Respecto al color, yo vengo de una escuela muy clásica, donde todo era blanco, negro y gris, donde no te podías atrever a usar un rojo vivo o colores llamativos, pero viviendo en Santa Cruz, donde parece que los reflectores están siempre prendidos alumbrando el paisaje, empecé a usar colores y cambió mi paleta. Eso influyó en mi manera de ser, en mi manera de ver el mundo.

Tengo entendido que fue su mamá quien la convenció para que se atreva a utilizar el color. ¿Cómo es su relación con ella? ¿Qué opina ella de su trabajo?

Justamente le acabo de enviar el catálogo de la última exposición y le puse que era mi gurú, porque a ella le debo el empujón. Es muy difícil cortar el hilo que uno tiene con la formación, pero mi madre fue la que me enseñó que uno es libre. Ella siempre ha sido mi mejor crítica y le tengo absoluta confianza porque ella también es artista.

Todas sus obras tienen características similares, un sello distintivo… Sacando cuentas, en sus años de carrera ha producido más de 2500 cuadros. ¿Cuál de ellos ha sido el más memorable?

Mi pintura es figurativa y siempre he pintado monitos, nunca me he salido del camino. Respecto a las obras memorables, hay varias con las que tengo un nexo emotivo, como ‘La muerte de mi padre’ y ‘Francisca’ y los cuadros que hice con mis primeras impresiones de este lugar. Son muchos, unos más fatalistas que otros.

En un artículo publicado por el suplemento Brújula del Diario El Deber, el crítico Harold Suárez mencionó que sus obras son un fenómeno comercial, social y mediático. ¿Qué opina al respecto?

Conozco a Harold en persona y leí el artículo. Yo por naturaleza a los críticos no los quiero porque no los considero productivos. Los artistas hacemos lo mejor que podemos hacer, así que no sé hasta qué punto puede juzgarme alguien que se auto-declaró curador y crítico de arte. Lo que realmente me molestó es que él pone que en mi trabajo, en mi manera de ser y de pensar me pongo claramente al lado de la lucha cívica autonómica cruceña y la verdad es que no sé de dónde saca esas conclusiones porque mis cuadros no son tan fáciles de juzgar. Otro punto es que también me reprocha porque hago objetos pintados, cosas con las que me gano la vida. Siempre piensan que los artistas hacen grandes obras maestras que se venden en miles de dólares, pero eso es mentira. Uno hace cajitas, cuadritos y servilleteros porque de alguna manera eso te permite subsistir y hacer los proyectos que uno de verdad quiere hacer. Es fácil juzgar y decir que soy liviana, comercial y no sé qué más, pero yo me defiendo con uñas y dientes porque creo que tengo el derecho de decir que eso no es cierto. Picasso vivía de pintar platos, tazas y otras cosas y nadie lo criticó por eso. Es esa ‘dinosáurica’ manera de pensar que los artistas tienen que pintar reyes… Los tiempos cambian y hay que acomodarse.

Los artistas son considerados personajes de élite, distantes y difíciles de interpretar, pero en su caso es distinto. ¿Se siente querida por la gente?

Sí, me siento querida. No sé por qué será pero yo creo que un artista, por lo superficial que esto pueda sonar, hace su trabajo para que alguien lo vea.  En la escuela que me formé había mucho cinismo y distancia hacia lo popular. Yo me rebelé contra eso porque pienso que es importante que a la gente le llegue mi trabajo, que lo pueda interpretar.

Usted plasma en sus cuadros la realidad de nuestro país de una manera muy crítica. ¿Alguna vez ha sentido rechazo hacia sus obras por retratar temas controversiales? ¿Alguna vez ha sido censurada?

No hace mucho hice un cuadro en el que están los autonomistas marchando con sus banderas dentro de una jaula. Fue interesante porque tuvo diferentes interpretaciones en Santa Cruz y La Paz. Yo no quiero que mi arte sea una especie de panfleto político como dice Harold (Suárez). Lo que hago es cuestionar las actitudes humanas. Por suerte hasta ahora no me han dado ‘guasca’.

Usted es una de las impulsoras de la Manzana Uno Espacio de arte. ¿Por qué creó un espacio para que otros artistas expongan sus obras siendo que ya tenía una importante trayectoria como artista?

No es que yo sea el ‘Davosan’ del arte, para nada. Creo que para impulsar la Manzana existieron varios factores. Con Juan Bustillos y Valia Carvalho pensamos en hacer algo y vimos esta casona hermosa y nos lanzamos, sin tener un gran proyecto en las manos. Por suerte el proyecto creció y ha sobrepasado todas las expectativas que teníamos.

Personalmente creo que sirve porque es muy fácil adormecerse, por eso uno siempre tiene que cuestionar lo que hace. Los artistas siempre traen su manera de ver la vida y de hacer arte. Ese intercambio es importante. Otra cosa es que yo realmente creo que el arte sirve para algo.  Cuando veo a personas que nunca habían pisado una galería de arte mirando un cuadro o apreciando una instalación, me mueve el piso y ahí es cuando me doy cuenta de que vale la pena seguir ‘machucando’ con esa galería, a pesar de que a veces llega a ser una pesadilla.

Ejti, ¿qué le falta por hacer?

Desde que era chica sueño con hacer dibujos animados. Me gustaría que mis cuadros se muevan y como con la computadora estoy gravemente peleada, tengo que encontrarme una víctima, un compañero joven que me pueda ayudar. No voy a dejar de soñar con eso.

Sus frases

“No puedo pasar por mi taller sin ‘pringarme’. No tengo un ambiente soñado, pero lo que hago para estar más tranquila es desenchufar el teléfono porque suena todo el día y me saca del ritmo de trabajo”.

“He pintado más de 2500 cuadros y he hecho instalaciones, cosas para el teatro, casacas para el carnaval… la conclusión es que floja no soy”.

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