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LA CURIOSA abril 6, 2010

Posted by Revista Vamos in Uncategorized.
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Aquí va una historia que algunas abuelas aún cuentan para ‘curar’ de la curiosidad a aquellas que no pueden mantener sus narices donde no las llaman; ocurrió en las épocas cuando Santa Cruz era un pueblo apacible, arenoso y sin luz: Dice que una vez, allá en el barrio de la Codiciada, vivía una familia muy buena, el padre era artesano y la madre una santa que rezaba a la Virgen para que le quitara el vicio de la curiosidad a su hija Leticia, que se pasaba el día completo en la ventana para ver quién pasaba por la calle. Las muchachas de su edad procuraban no darle confianza porque ella todo lo averiguaba, hasta los asuntos más íntimos y privados, y a nadie le gustaba que después lo esté divulgando a los cuatro vientos. Una noche Leticia escuchó que alguien caminaba por la calle, por lo que saltó de la cama y corrió a la ventana. A pocos pasos había un hombre que miraba en todas direcciones como si buscara algo. “Seguramente es un forastero”, pensó, y sin poder contener su curiosidad abrió la ventana y le preguntó. – Buenas noches señorita, sí, busco a una persona. – Vaya por la otra puerta que ya le abro. Entró el hombre. Era de buena presencia, alto, delgado y muy educado, pero había en él algo inquietante. La joven inició un interrogatorio agudo y persistente al forastero para saber quién era el hombre y a quién buscaba. A lo que él contestaba que venía de un lugar muy lejano, que había andado muchos caminos para llegar allí y que efectivamente buscaba a alguien. A cada pregunta el forastero respondía con mucha amabilidad, pero sin dar una información clara, lo que colmó la curiosidad de Leticia que ya no sabía cómo sentarse por la inquietud que la embargaba, hasta que de pronto el hombre se puso de pie y dijo: “Si no tiene ningún inconveniente, deseo que me guarde estos dos rollos de papeles hasta mañana, son muy importantes para mí y no quiero perderlos”. La muchacha accedió gustosa. Al día siguiente ella contó a sus amigas la extraña visita y al no lograr que le creyeran, acudió a mostrar las pruebas físicas: los rollos de papel, pero grande fue su sorpresa al descubrir que se trataba de dos canillas de muertos; sí, eran dos tibias amarillentas que inmediatamente enfermaron a Leticia a tal punto que ninguna medicina casera funcionó. Pronto toda la familia y el vecindario se enteró de la desgracia de la joven. Cuenta la leyenda que esa misma noche el hombre volvió por sus dos rollos de papel, pero al haberse éstos convertido en huesos pretendía llevarse el alma de Leticia que, para entonces, ya debía estar muerta. Se trataba de la visita del diablo que aprovechaba la gran curiosidad de la muchacha para cobrar algo que ella no podría devolver, los dos rollos de papel.

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