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ARRIBO A LA PAZ mayo 10, 2010

Posted by Revista Vamos in Cultura, Historia, Lugares, Patrimonio, Reportajes, sociedad, Uncategorized.
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VAMOS llegó a La Paz después de un largo viaje. Tomó mate de coca y Sorojchi Pills. Caminó por las calles con la respiración entrecortada. Le tomó el pulso a la noche paceña y socializó con la movida cultural. VAMOS ahora vive en La Paz, y le gusta

Texto: Paola Iporre Kalteis

Fotos: Mariana Carranza

 

A 890 kilómetros de nuestra tropical Santa Cruz y a una altura de 3600 metros, La Paz nos da la bienvenida como solo ella sabe hacerlo: fría y calurosa a la vez, con un aire que nos golpea los pulmones sin pena y un sol que brilla tanto que parece como si nos estuviera perforando la retina. Por lo menos a mí me pasa así cada vez que llego a la sede de Gobierno.

Lo interesante es que siempre te recibe de la misma manera, bien provocativa, y vos, por más preparado que creas estar, siempre caes en su juego. O no te ha pasado que, convencido de que no es con vos eso de la altura, te lanzás de la flota (o avión si sos ‘jailón’) con un primer paso firme, rápido y seguro, y cuando el piso se te hunde y tu cabeza crece hasta que sientes que te explotará en mil pedacitos, recién te das cuenta que has cantado victoria antes de tiempo. Sí, tarde o temprano todos somos víctimas del tan famoso, temido y respetado sorojchi. La VAMOS también lo sufrió, pero nada que un buen mate de coca y unos cuantos Sorojchi Pills no puedan resolver.

Una vez superados los primeros manotazos de la altura, las calles de La Paz se abren a tu paso para que puedas disfrutar de todos sus encantos y riquezas… y es que hay tanto que conocer aquí, que un par de días no son suficientes, por eso venimos para quedarnos. Entonces, ‘patitas pa que las quiero’ si no es para recorrer todos los rincones y recovecos de esta gran ciudad (‘gran’ de grande y de grandiosa). Empecemos…

 

Por aquí, por allá

 

En La Paz reina el desorden, el caos, la bulla, el estrés, como en toda metrópoli. Y como en toda metrópoli reina también la historia, mucha historia. Basta con mirar bien las casas, los edificios o las mismas calles del casco viejo para sentir las mil y un historias que cada piedra tiene por contar: pasillos con escaleras encumbradas que llevan quién sabe a dónde, portones de madera vieja tallada con detalles señoriales o pequeños balcones que te transportan fácilmente a siglos pasados.

Un ejemplo de este tipo de edificaciones, de las que cuentan historias, es aquella en la que se encuentra el Museo Nacional de Etnografía y Folklore (Musef). Funciona en lo que fue el Palacio de los Marqueses de Villaverde, construido en 1730.

El patio principal, muy al estilo colonial, nos traslada por una escalera imperial coronada con dos pilastras muy bien decoradas y un arco triunfal que remata con un escudo esculpido en piedra, que dice: “Esta espada quebrará, mas mi fe no faltará”.

Destaco esta construcción porque es una perfecta muestra de lo que ocurre en La Paz en la actualidad, una mezcla de lo viejo y lo moderno. Mi paseo por el Musef, enmarcado en ese aire de tiempos lejanos, me mostró cómo todo ese pasado puede convivir plenamente con la tecnología actual: siendo yo la única visitante del museo en esos momentos, llegar a una sala silenciosa y en total penumbra me frenó el paso hasta el punto de dudar si proseguir o no con el paseo; ante esto, actitud obvia, me incliné hacia adelante con un solo pie al frente para espiar en el interior de la galería. Sorpresa total la mía cuando se empezaron a prender automáticamente una a una las lámparas del lugar, incluyendo el sonido ambiente y los videos. Quedé encantada, la sala había despertado solo para mí.

Continuemos el paseo… En ese afán de recorrer La Paz de noche y de día para descubrir sus más grandes tesoros, me encontré con que es humanamente imposible conocer todo lo que esta ciudad tiene para ofrecer solo en un par de días: exposiciones de arte, proyecciones cinematográficas, presentaciones de teatro y actividades nocturnas para cada gusto y exigencia, entre muchas otras miles de opciones que los paceños se mueren por mostrarnos… porque sí, eso debo destacarlo, hubo más de una persona que se sentó a mi lado afanada por prepararme una lista de lugares bajo el título “tienes que ir sí o sí”; al final terminé con una agenda de actividades tan apretada que no logré cumplir ni la cuarta parte.

Uno de esos lugares al que fui “sí o sí”, fue el Teatro Municipal ‘Alberto Saavedra Pérez’. Me llamó la atención el no encontrar un letrero que lo distinga (o quizá la noche no me dejó verlo, pero eso sí, a simple vista no estaba); pero al entrar y leer cuanta plaqueta pillé colgada en sus paredes me di cuenta que el letrero no es necesario, la gente sabe muy bien que ése es el Teatro Municipal de La Paz, lo sabe desde noviembre de 1845 cuando fue inaugurado “durante la presidencia del Mcal. José Ballivián en conmemoración de la batalla de Ingavi” (dice una de las plaquetas). Y a esto es a lo que me refiero cuando digo que la ciudad está llena de historia, a dónde vayas las paredes te hablan del pasado, de la época republicana y hasta de la colonial. Pero no sólo la infraestructura externa, en el interior de este monumento todo te transporta siglos atrás: los cortinajes, la decoración pictórica del techo, las lámparas, todo. Luego averigüé que se trata del teatro más antiguo de Sudamérica que aún se encuentra en vigencia.

Allí disfruté del evento llamado ‘La Paz en Bossa’, un concierto en homenaje a los 50 años de bossanova, que contó con la participación musical de los brasileños Gabriel Grossi en la armónica y Diego Figueiredo en la guitarra, acompañados por artistas bolivianos como Jorge Villanueva, Mimi Arakaki y el dúo Entre dos Aguas, entre otros. El espectáculo de casi tres horas dejó extasiado al público asistente, mayormente adulto, que así como exigió -al principio- se respeten los horarios con palmas y silbidos (el concierto empezó con 45 minutos de retraso), igualmente mostró su satisfacción al finalizar el evento poniéndose de pie ante los músicos.

Ahora bien, si continuamos nuestro recorrido por la ciudad de La Paz ya en el ámbito cultural, llegamos a un espacio bastante reducido en tamaño pero muy interesante. En mi tours de periodista turística caí en el ‘Desnivel, espacio escénico’. Allí presencié la obra ‘Mis muy privados festivales mesiánicos’ (Kaspar Häuser Meer) de la alemana Felicia Zeller y que se lleva a escena bajo la dirección de Percy Jiménez, en el marco del proyecto ‘Textos que migran’. Este proyecto, que se trabaja en conjunto entre actores de Bolivia y Argentina, consiste en que textos escritos en determinado contexto son llevados a las tablas en otro, teniendo que adaptarse a las particularidades del lugar donde se representa. “La idea es generar, a partir de las migraciones de textos, encuentros entre artistas de distintos países. Por ejemplo ahora nosotros estamos trabajando simultáneamente con Argentina: mientras aquí la obra se presenta los jueves a las 8, allá se presenta los jueves a las 9, es decir al mismo tiempo”, me contó el director sobre la dinámica de esta obra, que este mes de mayo incursionará con otra metodología: la de conectarse virtualmente durante las puestas en escena para que el público tanto boliviano como argentino pueda interactuar. Otra vez la tecnología al servicio de la cultura ¡un aplauso!

Prosigamos…  y mejor por otro rumbo porque como dije en esta ciudad hay mil cosas por hacer en cuanto a actividades culturales se refiere.

Una de las particularidades de La Paz que no se ve con tanta insistencia en otros departamentos de Bolivia, a no ser que hablemos de Sucre, es que por donde se mire hay extranjeros, por todos lados y a cada momento. Y existen lugares donde se encuentran con mayor concentración que en otros, por ejemplo, la calle Sagárnaga. Esta calle resulta miel para los turistas, sobre todo porque allí se encuentran muchos hoteles, hostales y alojamientos de variados precios y una gran oferta comercial que está a la orden del día y de la noche. En los puestos de venta se aprecian innumerables muestras de souvenirs típicos que van desde artilugios de lana de llamas, alpacas y vicuñas hasta objetos muy bien trabajados de plata y estaño.

Por supuesto, también abunda la información turística. Tours al lago Titicaca, a Tiwanaku, a la Isla del Sol, al Valle de la Luna o a los Yungas, lugares que nos presentan esos paisajes naturales que son envidia de todo el mundo. Yo solo llegué a comer truchas a Huatajata, una población a orillas del lago navegable más alto del mundo; delicioso almuerzo y maravillosa vista.

Los lugares turísticos que acabo de nombrar visitaré en otra oportunidad sin falta, porque son de esos destinos que como bolivianos tenemos que conocer “sí o sí”. Esta historia continuará…

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