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NO ES FÁCIL SER SUCHA septiembre 14, 2010

Posted by Revista Vamos in Uncategorized.
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Róger Suárez Sandóval tiene mucho porqué agradecer. En lo personal no sé si es que nació con un dios aparte o es que tiene muchísima suerte, pero en definitiva, cuando la vida intentó sacarle tarjeta roja, él logró batallar para quedarse en la cancha

Texto: Nicole Nostas

Fotos: Infokus

Un día de aquellos nuestras agendas coincidieron. Honestamente yo esperaba que a la cita llegue un tipo  de esos que tienen el tiempo y las palabras medidas. Por suerte no fue así. Al lugar donde me encontraba llegó un hombre canchero, cuyo tatuaje en el antebrazo derecho me llamó la atención, al igual que su sinceridad para contestar a mis (a veces insistentes) preguntas. Pedimos café, encendí la grabadora y durante dos horas me contó todo lo que quería saber de su persona, de su carrera, sus pasiones y de sus duras experiencias.

¿Le puedo decir Sucha nomás? Le pregunto y su respuesta es afirmativa. Al fin y al cabo no te podés correr de un apodo que te ha hecho tan popular ¿verdad? El delantero del Club Blooming fue bautizado con su sobrenombre cuando apenas tenía once años. Hoy que tiene treinta y tres, puede mirar atrás y reírse del hecho, pero según cuenta, cuando le pusieron el apodo no fue tan gracioso.

“Me había subido a un árbol de ambaiba pero como se quebró el gajo caí en un árbol de manga y de ahí recién al suelo. Mis amigos me decían que había volado como un sucha y por eso me quede con el nombre. Viene de mi casa, de mis amigos, de mi barrio…”

Dicen que Róger era travieso, rebelde, inquieto. Como el tercero de diez hermanos, en su infancia era el encargado de hacer renegar a sus padres, a sus seis hermanas y a sus tres hermanos. (Y según confesó, también podemos agregar a esta lista a sus profesores de colegio). Yo lo mentalizo como un eterno niño de barrio, empolvado hasta la cabeza, con las canillas ‘cuchuquis’ de jugar en la canchita de la zona. “Después de clases, me perdía todo el día jugando fútbol en la cancha del barrio Ferbos” me dijo, así como también admitió que su abnegada madre lo esperaba con el chicote listo para ‘ponerlo en vereda’. ¿Quién diría que una tarde de aquellas prácticamente le definiría el futuro?

Su ingreso al mundo del balompié fue similar al de muchos futbolistas: a través de la Academia de Fútbol Tahuichi. “Da la casualidad que Guarayesco vivía por mi zona, por lo que un día me vio jugar y me invitó a la academia. Me dijo que me iba a dar una beca, así que yo estaba contento. Fui a probar, me quedé y poco a poco Tahuichi se convirtió en mi segunda casa”. El tiempo pasó y Sucha fue convocado por el equipo de sus amores: Oriente Petrolero. Pienso yo que en la casa de la familia Suárez Sandóval no entraba un pelo de felicidad, porque todos son hinchas de los refineros… a excepción de uno: su hermano mayor. “Es difícil ser seguidor de un equipo y jugar para otro. Hay personas que no entienden eso, pero uno tiene que ser profesional. A lo largo de mi carrera estuve en clubes importantes y siempre he dicho que la camiseta y la institución para la que juegue la voy a defender a muerte” dijo desafiante. Hoy por hoy Sucha juega en la Academia celeste, pero antes estuvo en Bolivar, TheStrongest y Universitario, así como también en la Selección Nacional.

Le pregunté cómo vivía el futbol desde el plano de hincha y de jugador. Me dijo que de chico, cuando iba a la cancha, lo hacía por diversión y que ocasionalmente se le salía un putazo contra algún jugador o el árbitro.

¡Já, pero cómo cambian las cosas cuando se está del otro lado! “En cancha se escucha todo lo que grita la hinchada.

No voy a mentir, a veces desconcentra la bulla…”

Después de tal confesión me dije: “no nos hagamos Sucha… para ustedes el hincha lo es todo” y parece haber leído mis pensamientos porque al minuto aclaró que una barra que alienta, no importa cuánto ruido produzca, es la mejor inspiración para un jugador, sobre todo si el estadio está lleno.

“No recuerdo bien el primer tanto que metí a nivel profesional. Tampoco tengo contados los goles que he convertido a lo largo de mi carrera”. Haciendo memoria luego se da cuenta que está entre los setenta y ochenta, nada mal para un tipo que empezó a jugar de manera profesional en 1996. Muchos años, buenos años.

Róger está consciente que la vida del futbolista es corta. Ahora sabe que chicos de quince pueden pisarle los talones, pero él lo toma como una competición sana. Además, ¿Qué adolescente de 16 años puede presumir que obtuvo un título con Bolívar? ¿O con Blooming?

Pero así como ha tenido momentos de estrella, también los ha tenido estrellados, como aquella lesión de ligamentos que tuvo en un clásico cruceño y que lo dejó fuera de un hexagonal o cuando lo quisieron sancionar porque supuestamente había tirado un puntapié a un árbitro luego de una discusión. (Al final se comprobó que Roger era inocente y se evitó una suspensión de cuarenta fechas).

Resulta que para ser futbolista no había sido suficiente saber manejar la pelota, si no que hay que desarrollar un determinado tipo de carácter que por lo que Róger cuenta, él tenía en exceso.

“Es difícil contener las emociones. Yo dentro del campo me he aguantado muchas cosas. Solía ser impulsivo pero ahora me doy cuenta de que era porque estaba empezando, era joven y no me gustaba perder. Son los partidos, los años, la vida lo que te enseña que una vez el árbitro cobró, no hay más que hacer”.

El talento de este jugador también se vio en el extranjero. Jugó para Deportivo Cuenca de Ecuador y para otro equipo argentino. Pudo haber jugado para Tecos de México, pero según Sucha, el técnico del equipo había preferido los quintitos de un jugador uruguayo, casi cinco años mayor que él. Por lo que me comentaba, parece que el fútbol es un negocio lleno de pasajes oscuros, donde muchos meten mano y buscan sus propios beneficios. “Yo no tuve suerte con los empresarios, peor con los dirigentes. No sé si estos últimos son los que perjudican a los jugadores en Bolivia porque cuando me quisieron llevar a Alemania y a Rusia, ya tenía todo arreglado pero los dirigentes cambiaban el negocio a último minuto. La falta de seriedad me trabó muchas veces” aseguró.

Durante la conversación, me quedé varias veces observándolo: tiene un aro brillante en la oreja izquierda, su ropa (bastante casual por cierto) es de marca y en la mano traía un maletín con una portátil. Dice que estaba de ida a la universidad, donde estudia el tercer semestre de Marketing. “Es que imagínate, ¿Qué voy a hacer cuando se acabe mi carrera? Se apresuró a afirmar.

Le pregunté de frente si el fútbol en Bolivia da plata. Me dijo que si se la sabe administrar, da para tener una empresa pero que no alcanza para vivir como millonario. “El fútbol boliviano no paga bien, no reconoce… Y lo peor es que la joda aquí es realmente fatal”.

Después de conversar sobre fútbol y experiencias en cancha, Sucha admitió que no le gusta mucho hablar del tema, porque ‘lo acobarda’. Pero  como ese ha sido el hilo conductor de su historia, no le queda de otra.

Sucha en una oportunidad me dijo que él sabía que si quería salir con sus amigos tenía que ubicarse. Ese es otro de los sacrificios que los deportistas deben hacer. Y fue precisamente en una noche de boliche, cuando conoció a la que hoy es el amor de su vida. Se llama Carla Paola Alpire. Por lo que vi en fotos, puedo asegurar que es una mujer llamativa y hermosa. Y cada vez que habla de ella, los ojos de Sucha se iluminan. Van un año y siete meses desde que retomaron su relación, que en realidad inició el 2005, el año negro de Róger. Me contó que la vio en un karaoke y quedó loco por ella. “Yo para eso soy vergonzoso, así que mi amigo fue a pedirle sus datos y ella le respondió que vaya yo en persona… ni modo, me armé de coraje y fui” recordó, a tiempo de explicar que fue ‘un acercamiento exitoso’ ya que terminaron la noche bailando y él con el teléfono de ella registrado en el suyo.

“Es verdad, me gusta salir, me gusta bailar. Tengo ese ritmo caribeño. Además, me considero coqueto. Uso cremas, me hago las uñas y cuido mi cabello. Lo admito”.

Resulta que con Carla estuvieron juntos el mes que fue particularmente difícil para Sucha, porque tuvo un grave problema con su ex esposa  y madre de su pequeña hija Carla Rosario, de 11 años. Se había  separado en el 2001, después de dos o tres años de matrimonio. “No tengo problemas para contar lo que sucedió, porque no sé con qué intención ella hizo todo el escándalo”.

Si me preguntan a mí, como periodista, califico el hecho de confuso. Desde el momento en que Róger empezó a contar su historia, la charla se volvió un monólogo, en el que el deportista recordaba detalles y por momentos contenía su rabia. “Yo vivía en La Paz en esa época y había venido a Santa Cruz por el fin de semana. Recogí a mi hija a su casa y nos fuimos caminando hasta una parada de móviles. Mi ex insistió en acompañarnos hasta la parada, porque yo estaba yendo con Carlita a un cumpleaños. Casualmente una amiga me contactó al celular y mi ex enloqueció. Me empezó a insultar y me quiso quitar el teléfono. Yo tenía a mi hija alzada en mi espalda, por lo que cuando ella me ‘brincó’, yo quise bajarla y parece que la golpeé con el codo o el brazo, no sé. Su nariz sangró y fue todo un relajo”, pero da más detalles: “cuando quise ayudarla a levantarse, ella me insultó y me dijo que se las iba a pagar. Yo tampoco quede muy bien que digamos, porque usaba frenillos y con el puñete que me tiró, me reventó la boca”. Todo el hecho ocurrió delante de su hija, situación que no enorgullece al jugador. “Yo presentía que ella me iba a hacer algo. Era domingo y un amigo me recomendó que siente una denuncia. Eso hice, pero me faltaba el informe del forense. Como me iba a La Paz al día siguiente, pedí la orden para hacerla allá”. Dentro de todo, Róger no quería que su madre se entere del hecho, pero ya para el lunes, tenía 20 llamadas perdidas de ella, quien alarmada, le explicó que su ex lo estaba demandando por agresión, en televisión y a nivel nacional. “Me acuerdo que llegué a Bolívar y estaba la prensa esperándome. Me preguntaban sobre una denuncia que no conocía, sobre un hecho que no podía explicar”.

Para defenderse de todas las acusaciones, accedió a visitar un medio de comunicación. “Cuando vi las imágenes de cómo estaba ella, no la podía creer. No sabía si llorar o gritar en el set”. Fue a partir de ahí cuando la vida de Sucha cambió, al menos por seis meses, porque tenía que presentarse a declarar en Santa Cruz, ciudad a la cual no quería ir por el escrutinio público. Además, sus rivales lo insultaban en cancha para desconcentrarlo, no pudo jugar en dos o tres fechas con Bolívar porque estaba con arraigo, tenía orden de aprehensión y se desestabilizó económicamente.

¿Te arrepentís? Le pregunté. “Tenía mucha rabia por lo que ella había hecho, peor sabiendo que en ningún momento la toqué. Ella me hizo una fama de lo peor, y fue muy difícil. No sé si el fin era sacarme plata, pero lo cierto es que logró hacerme mucho daño”.

Contó que con su ex mujer recién empezó a hablar desde el año pasado. “Ella me chantajeaba con que no iba a poder ver a mi hija. De hecho, quien va a recoger a Carla de su casa es mi hermana, porque a mí no me gusta. Me da bronca que ella haya dicho que yo le pegué, más aún cuando sé que hubo algunas cosas por debajo. La gente no sabe lo que ella ha hecho para perjudicarme y no voy a negar que muchas cosas se me vinieron a la mente, pero gracias a Dios y a mi novia, las cosas fueron mejorando…”

Hablando de su novia, este problema no fue el único que Carla Paola tuvo que sobrellevar junto a Sucha. Un mes después de la supuesta agresión, cuando el tema todavía estaba fresquito en la opinión pública, Roger se vio envuelto en otro escándalo. Él se estaba recuperando de una lesión antes de un clásico, y un sábado de esos, decidió ir con sus amigos a jugar fútbol y luego a Equipetrol. Primero Sucha me dijo que tenía una botella de gaseosa en sus manos, pero luego admitió que había tomado una sola cerveza. Lo cierto es que las cámaras lo filmaron todo y como su equipo había perdido el clásico en esa oportunidad, prácticamente le echaron toda la culpa. “Los titulares decían que mientras todos concentraban, yo estaba de joda. Eso no le gustó a la familia de mi novia y entonces le prohibieron que nos veamos. En el 2008 nos volvimos a encontrar y el resto es historia”.

Sucha me aclaró que en el fútbol se ve de todo… principalmente mujeres, aquellas que son tan hinchas del equipo, que buscan como dé lugar a los jugadores. ¿Hay botineras en nuestro fútbol? Cuestioné. “Sí, las hay reservadas y regaladas. Pero ya ahí depende del futbolista, de no equivocarse en las decisiones”. Supongo que con su relación estable y con su condición de padre, este futbolista ya no está para esas cosas. “Mi hija es todo para mí, me cela, me cuida, es cariñosísima” expresó. ¿Cómo se habrá sentido entonces la pequeña, cuando su padre tuvo que atravesar por la experiencia más dura y milagrosa de su vida?

El 20 de marzo del 2010 significa para Sucha un nuevo comienzo. Es cierto, casi pierde la vida en un grave accidente de tránsito, pero también fue una prueba de fuerza y  fe para el jugador.

Cuando al principio de la nota me refería a que la vida casi le sacó una tarjeta roja, era precisamente a este momento. Sucha había terminado un entrenamiento y decidió, junto a otros compañeros de equipo, ir a comer salteñas para festejar el día del padre. Gualberto Mojica iba a invitar, así que no desaprovecharon la oportunidad. Sin saber lo que le esperaba, Sucha no dejaba de apurar a todo el mundo y se subió de inmediato al auto de Wilber ‘Gato’ Zabala. El kinesiólogo de Blooming, ‘Petete’, quería ir en ese mismo vehículo, pero Sucha se negó para no ir incómodo. Cuando iban por inmediaciones del sexto anillo y la Avenida Beni, un camión arenero los embistió. El auto quedó destrozado y Sucha inconsciente.

“Después de cinco días en terapia intensiva recién desperté. No tenía idea de lo que había ocurrido, no recordaba y no recuerdo nada del hecho. No sé cómo me sacaron del vehículo, no sé nada” me confesó. Zabala salió solamente con un golpe y el conductor del camión resultó ileso.

Pese a la magnitud del accidente, la recuperación de Sucha fue sorprendentemente buena y rápida. “Fueron dos o tres meses muy duros, no se los deseo ni a mi peor enemigo. Nunca me imaginé verme como me vi: no podía hacer nada, ni echarme, ni pararme, tenía una úlcera, me operaron cuatro veces, me dolía mi costilla. Me deprimí, al punto de necesitar psicólogos” Ahora que recapitula en su vida, Sucha dice que su estabilización se debió gracias a su familia, a su hija, a la familia de su novia, a quienes oraron por él y por supuesto a Carla Paola. “Ella ha hecho mucho por mí y el accidente me hizo dar cuenta de la gran mujer que tengo a mi lado. Mi novia organizó una kermesse, se desveló, estuvo conmigo siempre. Sí, hemos tenido problemas, pero por una mujer como ella hay que hacer hasta lo imposible por solucionarlos” lo dijo con tono de reflexión.

Sucha salió de la clínica un dos de abril, el día de su cumpleaños. No hace mucho accedió a ver imágenes de su accidente y dice que se le cayeron las lágrimas. “Dios me ha dado una nueva vida y esto me ha hecho más creyente. Siento que volví a nacer después del accidente” admitió. ¿En serio no recordás nada? Le insistí. “En la reconstrucción de los hechos me temblaba todo. Vi al chofer del camión, vi el auto y ¡Dios mío! Creo que no estuviera contándola ahora”. Me contó que con su compañero de equipo no habló sobre el tema y no sabe si él se siente o no culpable.

En un momento de la entrevista lo interrogué sobre “su precio”. Él, medio en broma, medio en serio, me respondió que Sucha Suárez ahora no vale un peso. “Es que estoy enfocado en mi recuperación” explicó. Va al gimnasio todos los días y pronto empezará a trotar. Ya subió de peso y todavía no sabe cuando retorna a las canchas. Eso sí: reconoce que los hinchas ya lo esperan. “En la calle me saludan, me piden autógrafos y eso me da fuerzas para volver. La fama no se me ha subido a la cabeza, sigo siendo el mismo niño chinchi del barrio Ferbos” exclamó.

Poco a poco empezamos a cerrar la entrevista. Me animo a preguntarle por su tatuaje y me explica que lo tiene desde el 2003, es el nombre de su hija. Para mi sorpresa, resulta que también tiene un dragón en la pierna y unas letras chinas. Dijo también que admira a su suegro y que fue él quien lo ayudó en parte a superar la muerte de su padre que, coincidentemente, fue en el año 2005.

Apagué la grabadora pero continuamos conversando.

“Dios no me quiso arriba, tampoco abajo. Algo tendré que hacer en la tierra, ¿no?”

Esa frase caló hondo. Cuando estaba por irse, me miró y me dijo: “ahí tenés, un pequeño resumen de lo que es Róger, Sucha, Suárez”. Solo digo, amén.

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Comentarios»

1. Cristhian - septiembre 16, 2010

Grande Sucha, DIOS TE BENDIGA


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